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 Más de 39.300 sevillanos son extranjeros, según datos del Instituto de Estadística y Cartografía, lo que supone el 5,6% de la población de la ciudad. Pero más allá de las cifras, hay una realidad viva y compleja, encarnada en vivencias y maneras distintas de aprehender el mundo...
Creando redes: un paseo por la realidad de los migrantes en Sevilla
Jaime vino de Colombia hace cinco años y vive en la barriada de El Rocío. Tiene un programa sobre actualidad y análisis político de Latinoamérica en Radiópolis y también colabora en un periódico colombiano. Actualmente es parte de la Plataforma Multicultural por una Sanidad Universal, pero lleva todo este tiempo “intentando armar colectivos”: “Es difícil porque el asociacionismo está muy debilitado, un poco por la crisis, que ha hecho que mucha gente regrese a su país de origen, y que tenga menos ganas de hacer cosas, porque está más apesadumbrada... Y también un poco por la característica de las migraciones, es una migración muy económica fundamentalmente, y la gente en temas reivindicativos se mueve poco.”

Analía, abogada, argentina y madre de una niña que es un terremoto, veía que las redes de ayuda a los inmigrantes no le satisfacían como usuaria y decidió que quería intentar cambiarlas colaborando con la ODS(la Oficina de Derechos Sociales de Sevilla), y con el Punto de Información de Vivienda de Macarena, donde ella presta asesoramiento jurídico : “Como inmigrante los sitios a los que recurrí siempre tenían un corte bastante institucional, no dan respuestas reales, y detrás de ellas a veces hay otras cosas. En la ODS queremos generar redes más directamente a través de los barrios. Sobre todo llevamos el permiso de residencia, que es lo básico, pero hacemos un trabajo constante de calle, permanentemente”. En este sentido coincide también Jaime, que cree que el asociacionismo entró “en el paternalismo y el subvencionismo” y que tal vez las redes de ayuda sean un tema más espontáneo, sobre todo, en situaciones trágicas: “Si se muere alguien por aquí aparece la alcancía para repatriar el cadáver, surgen ese tipo de cosas, sobre todo, en calamidades”. Sin embargo, no hay un verdadero tejido asociativo entre latinos, sino más bien una unión por países. “Las asociaciones que más se unen, también por el sustrato indígena, son los bolivianos. También un poco los peruanos, los ecuatorianos...Los colombianos son el despelote, cada cual va por su lado, es una sociedad muy individualista”, dice entre risas Jaime al hablar de sus compatriotas.

De esta forma más directa trabaja Ibrahim, nativo de Dakar y fundador de Casa Senegal, un lugar de reunión en el centro de Sevilla, donde prestan asesoramiento jurídico y dan clase de español para inmigrantes. Pero sobre todo, es una asociación que utiliza la cultura y la música como nexo de unión panafricano e internacional: “aquí todo músico tiene cabida si su deseo es disfrutar de la música y tocar con gente de todas las partes del mundo, organizamos varios conciertos por semana porque consideramos la música como otra forma de unir las culturas.”  En cuanto a este aspecto cultural, Jaime y Analía coinciden en que la tradición más fuerte en la comunidad latina es el carnaval de Oruro. Organizado mayoritariamente por bolivianos, es una cabalgata “que quiere representar diferentes fraternidades, divinidades y sectores sociales. Es una actividad de por sí muy cultural, es la confluencia de toda Bolivia: blancos, criollos, diferentes religiones paganas, la católica... y la gente está muy organizada, con mucha infraestructura. Son formas de expresar la identidad, de encontrarse aquí y de mostrar lo que son”, apunta Jaime.

Desde luego, El Rocío es una barriada muy rica culturalmente. A nivel gastronómico, puedes desayunar salteñas en el boliviano, picotear plátano frito a media mañana, hacer cuerpo con una sopa de maní y rematar con una arepa al mediodía en el bar venezolano recorriendo prácticamente dos calles. Mientras, si tienes suerte, también puedes escuchar música en directo de diferentes grupos folclóricos que, a falta de local, ensayan en los bares, o aprovechar para cortarte el pelo y afeitarte por cinco euros en la peluquería de Yousef.Desde fuera, parece un pastiche globalizado en plan “feria de las naciones”, pero esta es simple y llanamente la vida cotidiana del barrio. Sin embargo, es raro ver a un español en estos comercios. Jaime lo corrobora: “La gente joven española no hace su vida aquí. De alguna manera se van armando guetos, los bolivianos van a un sitio, los ecuatorianos a otro, y los españoles van al suyo. También hay muchos inmigrantes que llevan diez años en el barrio y no saben dónde queda la Alameda, y no les preguntes por el Alcázar…. Los inmigrantes a veces son muy cerrados, y como muchos no tienen papeles, no quieren salir”. Sorprende este nivel de autocrítica y más ante la falta de reflexión de los vecinos autóctonos, porque en cuanto a las actitudes racistas, todos coinciden: existen. “Uno escucha comentarios de qué bonito era el barrio antes, pero mira como se ha dañado. Y a veces por cualquier problema tonto, de los niños con la pelota, por ejemplo, salen a la luz. Pero es una minoría, aunque con la crisis se han venido arriba.”  Ibrahim resta importancia y piensa que es” cuestión de ignorancia” y que dialogando todo puede resolverse.

Para Borja, que vive en El Rocío, y es nieto de valencianos emigrados a Andalucía, trabajador social y miembro de la plataforma Sevilla Plural, hay esperanza. “Lo positivo que veo es que seguimos conviviendo, porque conforme vayan pasando los años, ellos y nosotros vamos a seguir llevando a nuestros hijos al mismo colegio, comprando en los mismos comercios, etc. y eso va a ir generando una serie de experiencias conjuntas, que ahora no hay”. Esperemos que así sea y esta unión crezca poco a poco. Y que la gentrificación no los separe.

De momento, el sol ha salido hoy en Sevilla, tras varios días de tormenta. En la ciudad huele a suavizantes de ropa y azahar a partes iguales, y ahí seguimos todos, la mayoría de los más de 700.000 habitantes capeando la que tenemos encima, a saber, hipotecas, deudas, trabajos precarios, o una situación de desempleo que ya dura demasiado y que nos hace pensar en buscarnos la vida fuera. Y aprender de Analía, Ibrahim y Jaime es obligado.

Fuente: diagonalperiodico

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