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» » ‘El Príncipe’ y la realidad
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‘El Príncipe’
‘El Príncipe’ ha causado furor y, cada martes, más de cinco millones de espectadores siguen las historias que se desarrollan en el barrio ceutí que da nombre a la nueva serie de Telecinco.

No voy a hablar del montaje, ni del guión, ni de la trama, ni de la realización, ni de esas imágenes horribles llenas de color que no pueden disimular lo artificiales que son… Cada uno tendrá su opinión personal y no creo que aporte demasiado hablar de la mía. Pero creo que sí es importante hablar de hasta qué punto se refleja la realidad.

Antes de nada, aunque he visitado Ceuta nunca he ido al barrio de ‘El Príncipe’ pero dudo bastante que sea un lugar tan limpio, tan rico en colores y decorados, tan nuevo y tan poco transitado. La intuición y la experiencia me dicen que debe tratarse de un lugar bastante poco amigable, siempre lleno de gente, de tiendas, de cafeterías, de zocos…

Es difícil defender la idea de que se busca mostrar al espectador, de forma transparente, la verdad de la cultura árabe en general y marroquí en particular cuando se siguen utilizando topicazos a mansalva. Topicazos responsables de que la mala fama de algunos, por desgracia, vaya cada vez a peor.

Hablar del mundo árabe y presentarlo siempre de manera tan esteriotipada, rodeado de hachís, terrorismo, radicalismo, extremismo y yihadistas por doquier, no ayuda demasiado a que la gente deje de relacionar directamente barbas con kamikazes y chilabas con atentados en Nueva York. Por enésima vez, una serie de televisión se centra en una realidad demasiado oscura que la inmensa mayoría de musulmanes condena igual que lo hacemos los que no lo somos.

Cada vez que en televisión alguien se arrodilla para rezar – igual que vosotros os arrodilláis en la Iglesia – termina apareciendo un arma. Cada vez que suena una llamada a la oración, por alguna extraña razón, termina apareciendo un suicida. Y cada vez que alguien dice Allahu Akbar (Alá es grande) es para terminar inmolándose in situ.

“Por esta razón, prescribimos que quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y que quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad.” (Corán 5:32)

Luego, claro, vienen los sobresaltos. Llegan a Marruecos, o a cualquier país musulmán,  y se encuentran que, sin previo aviso, alguien se pone a rezar en la misma habitación en la que están y se quedan paralizados ante tal hecho. O están paseando por la calle y escuchan la llamada a la oración, cinco veces al día, desde cada mezquita de la ciudad en la que se encuentran, con varios megáfonos en cada una de ellas. Una mezquita en la que hay un imán – el hombre encargado de realizar la llamada - que no deja de repetir Allahu Akbar, Allahu Akbar. Y a alguno de los que únicamente conoce el mundo musulmán desde el otro lado de la pantalla sólo le falta cronometrar los segundos que quedan para que explote la bomba esa que siempre explota después de que alguien dice que Alá es grande. Es un error prejuzgar de esa forma tan brutal, más aún si nos dejamos llevar por la ignorancia.

Otro tema interesante es el trato que se le da a las mezquitas, vendidas siempre como joyos oscuros en medio de suburbios, sin luz ni ventilación, que sirven de academia perfecta para aprendices de terrorista. Está claro que los que se empeñan en trasmitir esa imagen nunca han visto una. Y si la han visto no se acuerdan. Evidentemente habrá locales concretos en ciudades determinadas destinadas para tal fin, pero vender siempre la misma barbaridad es, para que nos entendamos, igual de temerario y surrealista que afirmar que cada Iglesia cristiana es una escuela de pederastas. De la misma forma que el cura pederasta es pederasta por estar mal de la cabeza y no por ser cura, el musulmán suicida es suicida por estar mal de la cabeza y no por ser musulmán.

Por otro lado, si con el papel de la protagonista Fatema en la serie se quiere enseñar al espectador cómo es la mujer musulmana apaga y vámonos. Las conversaciones con sus amigas, los escarceos diarios con el poli, el beso en la calle con su futuro marido y esa forma inédita de ponerse el pañuelo en la cabeza recuerdan poco a las mujeres marroquís y musulmanas. De hecho, nunca he visto a una musulmana llevar un hiyab de esa manera; o les cubre el cabello por completo o no lo llevan. Pero eso de utilizarlo para despejarse la cara y que se vea lo guapita que eres no suele ser habitual…

Tampoco entiendo demasiado bien a qué viene no traducir las partes del diálogo que son en árabe. Se sigue fomentando así esa idea de que si alguien habla en árabe es porque algo - malo - se trae entre manos. Algo turbio, algo que el resto no debe saber. Aunque digan 'ya lo sé', '¿qué has dicho?' o 'gracias a Dios', el espectador siempre terminará pensando que el morito la está liando.

Ah. Y, ahora que sacáis el tema, creo que ya ha llegado el momento de dejar de abusar del término ‘moro’, siempre empleado de forma tan peyorativa, como sinónimo de ‘gentuza’. ¿No?


Artículo escrito por Carlota Miranda Largo

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